Tengo una especial relación íntima con Google. Tal es la intensidad, que me di cuenta de que debo hablar de ello en público y expresarlo con palabras. Google tiene muchos pretendientes y yo sólo soy uno más entre sus groupies.

En mi primer contacto con Internet, en el año 2000, pronto me di cuenta de que Google era mucho mejor que Yahoo! o el resto de buscadores. Ya entonces decidí tomarlo como mi buscador de referencia en una época en la que todavía se usaban varios buscadores a la vez para comparar resultados, algo que hoy no existe. Google me respondía siempre como esperaba.

El día en que surgió el flechazo fue una noche de 2003. Recuerdo perfectamente la historia: yo, por entonces, tenía 15 años y, por fin, tenía Internet ilimitado en casa. Esa noche pasó algo terrible en mi Internet Explorer: un malware había raptado la página de inicio (Google.es) de mi Internet Explorer. Cada vez que abría el navegador, aparecía esa página rara en vez de Google. En mi desconocimiento, mi reacción fue ¡escribir a Google! Por aquel entonces era fácil contactar con ellos y había personas que respondían. Y, en efecto, cuando les mandé un correo explicándoles mi problema, alguien en Google se tomó la molestia de responderme de una forma, además, extensa, diciéndome cómo solucionarlo. No sólo me ayudaron sino que, además, un tiempo después tomé consciencia de que Google no tenía la menor responsabilidad en aquel problema (era un problema de Microsoft, claramente) y, aún así, se tomaron la molestia de ayudarme.

A partir de ahí, mi relación con esa marca no hizo más que mejorar y jamás, nunca, me defraudó.

Soy de los que piensa que, en una sociedad, una empresa es, simplemente, un grupo de seres humanos que quieren aportar algo beneficioso al resto. Y Google cumplió siempre esa definición hasta la última letra: aportar a la sociedad sin pensar en el beneficio económico. Esto último, si todo se hace con la mejor de las intenciones, llegará después. Y pienso que en Google nunca se hicieron las cosas por dinero. Hacer algo tan sofisticado, complejo, bien ejecutado y mantener una alta reputación no puede partir de una pretensión económica.

Gmail logo

En 2004 reinventaron el correo electrónico. Todavía existe una parte de la sociedad que se resiste al cambio. Gente generalmente más mayor que yo, de generaciones anteriores que conocieron la informática de la mano de Microsoft (todavía hoy el reverso tenebroso de la tecnología, y mucho más para un Google evangelist como yo) y siguen psicológicamente vinculados a una tecnología donde un correo electrónico ocupa un espacio individual en la bandeja de entrada. Todo lo contrario a lo que Google me planteó en 2004 con Gmail, donde entendí rápidamente que los correos electrónicos son conversaciones.

Desde 2004 hasta hoy mi relación con Google ha sido de absoluta dependencia económica y emocional. En Google encontré toda la información que necesité para desarrollarme en la vida, mi principal herramienta de comunicación (Gmail), mi primer blog (Blogger), mi primera fuente de dinero por Internet (Adsense), la primera herramienta de mapas por Internet (Google Maps, que se hizo realmente imprescindible en la vida de mucha gente) y, lo más importante, mi trabajo.

Google es la empresa para la que trabajé indirectamente en los últimos 8 años. Es quien trajo los clientes a la mayoría de empresas para las que trabajé y, de hecho, en una ocasión fui despedido de una empresa que tuvo que cerrar porque no cumplió una norma de Google Play. También vi cómo Softonic, mi anterior empresa, estando ya fuera de ella, se hundía por culpa de un conflicto con Google.

Actualmente, Google es quien trae los clientes a mi actual empresa, tanto orgánicos como de pago a través de Adwords, y mi trabajo consiste en mantener las webs de mi empresa bien posicionadas en Google.

Lo más curioso de todo es que jamás aspiré a trabajar en Google. Siempre supe que no es una empresa para mí, y que vivo más feliz idealizando a esta empresa como consumidor o colaborador que como empleado. Sé muchas de las interioridades de Google, conozco sus oscuridades (nada especial que no suceda en cualquier otra empresa) y hoy es, además, una empresa demasiado grande. Tuvieron que atender un fuerte crecimiento contratando a mucha gente y, además, luchando para mantener el espíritu original de la empresa, su famoso don’t be evil. Valoro enormemente su esfuerzo para equilibrar el poder, el dinero y los principios que les llevaron adonde están.

Hoy, Larry y Sergei siguen siendo mis líderes favoritos de Silicon Valley, o del sector informático, en general. Siempre me parecieron buenos tipos y mucho más preocupados por las personas que por la tecnología. A diferencia de otras grandes marcas tecnológicas (Apple, Microsoft o Twitter), en Google la gente sigue siendo importante. Supongo que la buena relación entre Sergei y Larry y una aparente ausencia de lucha por el poder hicieron de Google un gran lugar, y nada mejor que el tiempo y los hechos para servir de ejemplo.

Youtube logo

Hoy sigo pasando muchas horas en Youtube tras 11 años en propiedad de Google, usando Gmail tras 13 años, navegando con Google Chrome, almacenando mis documentos importantes en Google Drive, trabajando cada día con Google Docs, llegando a los lugares o explorando el planeta a través de Google Maps (donde, incluso, soy guía local), entendiendo otros idiomas con Google Translate, empleando en mis webs fuentes gratuitas de Google Fonts y estadísticas imprescindibles de Google Analytics, y tantos otros servicios de Google.

Es por ello que sólo me queda reflejar mi enorme agradecimiento por tanto a cambio de tan poco, por las veces que me ayudaron amablemente y por el valor que aportan a mi vida actualmente.

Gracias, Google.

Escrito por Hans Christian

freelance especialista en para blogs y proyectos de contenidos.